LOS RELATOS
Pequeñas historias llenas de emoción y fantasía...
Diferentes relatos, historias, vivencias singulares que llegarán a emocionarte, aquí tienes algunos títulos:
EL TREN
LA REVELACIÓN DE AMANDA
EL SOMBRERO
LA HOJA, LE DIJO AL ARBOL
EL CUMPLEAÑOS DE ALISON
EL SUEÑO DE ERNEST
LA ÚLTIMA ORACIÓN DE LEÓNIDAS

UN OBSEQUIO PARA TI... lee un relato
EL CUMPLEAÑOS DE ALISON

EL CUMPLEAÑOS DE ALISON
Situación: enero de 1961, Chicago, (Illinois)
Soy el teniente Smith de la policía de Chicago, hace dos años que me he retirado y en este momento me viene a la cabeza un caso que nos costó bastante resolver, ha pasado mucho tiempo, pero, por muchos años que pasen, fue un caso complicado y difícil de olvidar, ocurrió hace quince años en la fría noche del 15 de enero de 1946.
La nieve cubría las calles de un manto blanco, gélido, el intenso frio, se metía en los huesos y te llegaba hasta la médula. Por aquel entonces, yo pertenecía a la brigada especial, había recibido un aviso de homicidio y me dirigía a la zona del suceso por Penrose Boulevard en el cruce con Stylton Road. Este caso le correspondía a Tom, mi compañero, pero yo le hacia el favor, Alison, su hija, cumplía 18 floridos años y lo celebraban en su casa.
Esta vez, habían encontrado un cadáver reventado en la acera de la calle Doce, una vecina lo vio salir por una ventana de la casa, volando, al parecer lo habían arrojado desde el quinto piso, --¡según caía, aullaba como un perro!,-- exclamaba la asustada vecina, que se quedó petrificada a la entrada del portal, viendo cómo se estrellaba el cuerpo de aquel pobre infeliz a escasos metros de ella, esparciendo sus vísceras y salpicándolo todo de rojo intenso sobre la blanca nieve que cubre la acera. A los pocos minutos un tipo corpulento, que salía apresurado del portal, la empujaba, haciéndola caer al suelo, pero la desafortunada vecina, pudo ver la cara de aquel tipo.
Según su declaración, era un individuo enorme, con traje, un poco desaliñado, cara ancha y una cicatriz bajo el ojo izquierdo; con estos datos tampoco podíamos hacer mucho, pero lo de la cicatriz bajo el ojo izquierdo no era una cosa muy común, así que reducía bastante el círculo y nos facilitó las cosas. Repasando delincuentes en el registro de fichados, había uno que coincidía bastante con la descripción. Se trataba de Jack Jones, "El destripador", así le llamaban, aunque no tenía nada que ver con el de Londres, que además fue muy anterior en el tiempo. Este delincuente llevaba tiempo inactivo, por eso nos habíamos dedicado a otros asuntos más urgentes, no obstante, anteriormente estuvimos muchos meses tras él, muy escurridizo, un asesino en serie.
Jack Jones nos conocía, nos odiaba, sabía que le seguíamos de nuevo, que le pisábamos los talones y él nos hacia su guerra, iba a por nosotros y era él o nosotros, nos la tenía jurada. Le habíamos pillado en alguna ocasión, pero salía de la cárcel enseguida por falta de pruebas, aún tengo grabada su cara en mi mente, esa sonrisa burlona mirándonos de arriba abajo y escupiendo con desprecio a nuestros pies, nos tenía calados, creo que conocía nuestros puntos débiles y yo, estaba seguro de que se aprovecharía de ello, sólo esperaba su oportunidad, su póker de ases, su jugada maestra, era cuestión de tiempo.
Esa fría mañana, estando en la comisaria, decidí ir a donde sospechaba que podía estar. Jack solía volver a "su guarida", es decir, a su casa, después de cometer un crimen y solía emborracharse, ¡para celebrarlo! y muchas veces lo sorprendíamos allí, pero siempre tenía una coartada y aunque nos lo llevábamos esposado, convencidos de que había sido él, el artífice, del homicidio, poco más tarde salía por la puerta de la comisaría del distrito riéndose de nosotros y lanzándonos el acostumbrado escupitajo.
Yo estaba hasta las narices de semejante elemento y ansioso de echarle el guante, quería pillarle in-fraganti, no por el reconocimiento de mis jefes o por quitar una apestosa basura de las calles de Chicago... era algo personal.
Después de apurar una taza de café, salí de la comisaría y me metí en el coche. Grandes y blancos copos de nieve caían sobre el parabrisas, acerqué las manos a mi boca y exhalé una bocanada de aire para calentármelas, a pesar de haber estado en la comisaría tomando un café caliente, las tenía heladas, apenas las notaba. Introduje la llave de contacto y arranqué mi vehículo. Durante unos minutos estuve con el motor en marcha, cuando el motor estuvo listo presioné el pedal y aceleré hacia mi destino. En pocos minutos me hallaba en la guarida de Jack; pisé con rabia el pedal del freno del Buick súper 8 negro, dejándolo subido en la acera justo frente a la puerta de entrada del edificio de apartamentos donde vivía Jack y salí apresurado hacia ella.
Entré con sigilo, aquel edificio era un tugurio maloliente, plagado de delincuentes y gentuza. Al abrir la puerta del portal, oí voces y me acerqué al lugar de donde procedían. Sorprendí a un tipo atracando a una vecina anciana, a la que había llevado a punta de navaja a la zona más oculta tras la escalera, la pobre mujer aterrorizada le entregaba todo lo que tenía en el bolso y le suplicaba que no la hiciera daño, el tipo al verme, se aproximó hacia mi y me gritó amagándome con la navaja exigiéndome que desapareciera de allí, mientras me amenazaba con rajarme si no lo hacía de inmediato, sinceramente, me sorprendió que tuviera el valor de amenazar a un policía de casi dos metros.
De un manotazo se la tiré al suelo y rápidamente lo agarré de la solapa mientras él me ponía una mano en la cara, sin soltarlo, lo empujé contra la pared, con la mano derecha le cogí del cuello y le dije que ya iba bastante caliente para aguantar sinvergüenzas de tres al cuarto y que, si no devolvía todo a la anciana en ese instante, lo iba a pasar francamente mal.
Con la mano derecha, le apreté el cuello y lo subí un palmo del suelo, el color de su cara cambió a un morado reventón y la vena de su frente estaba a punto de estallar, --¡mi paciencia se agota!,-- le dije sin soltarlo, balbuceaba algo, pero no le entendía, lo bajé y cayó al suelo exhausto, tosiendo y con dificultad sacó todas las cosas de sus bolsillos y yo, se las devolví a la anciana, que, dándome las gracias, se marchó.
Me agaché y le dije al sujeto al oído, que si le volvía a ver por allí no sería tan amable con él como ahora. Le cogí de las solapas de la chaqueta con ambas manos le levanté del suelo, su cara estaba a escasos centímetros de la mía, lo volví de espaldas a mí, y con una patada en la espalda le saqué del portal, cayó de bruces sobre un barrizal helado que había frente a la entrada, gateando, se levantó como pudo y tambaleándose se marchó --¡huye!, ¡desaparece de mi vista, sabandija!,-- exclamé en voz baja mientras lo observaba desde la puerta.
Después volví a lo mío, sigilosamente comencé a subir las oscuras escaleras hacia la casa de Jack, el apartamento 402 de la cuarta planta. Según subía, oía gritos en las viviendas, en una de ellas un borracho desquiciado le daba una paliza a una prostituta, en otra, un niño lloraba desesperado mientras su padre le gritaba, más arriba, un plato se estrellaba contra una pared, no sé, la rabia me comía por dentro, en ese instante hubiera dado cien dólares por estar con Tom en su casa, celebrando el cumpleaños de su hija.
Me encontraba ya en la cuarta planta y de la cartuchera que llevo en el interior de mi chaqueta saqué un Smith & Wesson calibre 38 especial plateado con cachas de nácar, con sigilo, me aproximé al 402 y me quedé parado al lado de la puerta... escuchando. En ese instante, observé que la puerta de enfrente no estaba cerrada del todo, un vecino estaba husmeando, con un ágil movimiento me puse frente ella y coloqué la punta de mi zapato en el quicio impidiendo que se cerrara, noté como desde el interior alguien empujaba para cerrarla, pero yo había metido bien el pie y con un empujón la abrí de golpe e irrumpí en su casa cerrándola al entrar, el vecino cayó al suelo del impulso.
Le puse el cañón de mi arma reglamentaria entre las cejas y comenzó a sudar y a temblar,
--¡vamos!, ¡cuéntame todo lo que has visto y oído!, ¿conoces a tu vecino de enfrente, verdad?, ¡se llama Jack!, estoy seguro de que lo has visto, ¿Qué es lo que has visto?,-- le pregunté sin dejar de apuntarle, --¡sí!, ¡lo he visto!, ¡sí!...--confesó convulsivo, --¡buen chico!,-- respondí, --ahora, ¡cuéntamelo todo!,-- añadí sin dejar de apuntarle con el arma. El sujeto temblaba y estaba cagado de miedo, me contó que había visto llegar a Jack corriendo, que llevaba un traje desaliñado, manchado de sangre y que le oyó decir algo mientras abría la puerta de su apartamento, --¡sí!, ¡creo que decía algo de un regalo!, ¡hablaba sobre un regalo! --, decía aquel hombre temblando como un flan, mientras en su frente se marcaba por la presión el frío círculo del cañón de mi revolver. También me contó que después Jack entró en su apartamento y salió de él pasados unos veinte minutos, --¡no te olvidas de nada!, ¿verdad? -- le pregunté mientras advertía una mancha de líquido entre sus piernas, se había orinado de miedo y chorreaba hasta el suelo.
Estaba completamente convencido de que me había contado todo y que era la verdad, después, me fui de allí y estuve dando vueltas por el parque sin saber dónde buscar, el intenso frio me impedía pensar, pero no dejaba de dar vueltas en mi cabeza lo que me había contado el vecino de Jack, sobre un regalo, ¿un regalo?, ¿a qué demonios se refería con eso de un regalo?... no sabía qué significaba, pero estaba cansado y decidí pasarme por la casa de Tom, era ya tarde y tendría que suspender la búsqueda hasta el día siguiente, además quería saber si aún estaban celebrando el cumpleaños de Alison, me apetecía un trago, necesitaba calentarme, sabía que Tom se alegraría de verme y sacaría la botella de ese whisky añejo que guarda tan celosamente en su mueble-bar.
Para despejarme y a pesar del frio, atravesé el parque hasta el final, sin importarme en absoluto las bandas de delincuentes que campan por él a esas horas, porque precisamente tenía de todo menos miedo, solo tenía hambre, sed y rabia por no saber dónde podría estar el cerdo de Jack, --¡mañana te voy a atrapar Jack!, ¡dalo por hecho!,-- esa frase se repetía en mi mente con desesperación, casi deseaba que algún desgraciado me atracase, iba a ser un desahogo para mí, porque la que le iba a caer encima iba a ser memorable.
Tras unos quince minutos salía del parque y ya estaba próximo a la manzana donde vive Tom, la nieve caía con fuerza y mis pies se hundían en ella, poco a poco crucé la calle y me metí por el callejón para atajar, ya estaba frente a su casa y me dispuse a llamar a su puerta, cuando observé que estaba ligeramente abierta. Con cuidado la empujé para abrirla del todo y sin hacer ruido entré despacio sacando de nuevo mi plateado revolver, que sujeté con ambas manos mientras apuntaba allí donde miraba.
Muy despacio, penetré en la casa, la entrada estaba despejada, las luces estaban encendidas, todo estaba adornado con farolillos de colores y globos por todas partes. Sí, se estaba celebrando algo, pero no se oía nada, todo estaba en silencio, era muy extraño, aquí pasaba algo... algo malo.
Sigilosamente caminé hacia el interior, la vivienda es grande, me la conozco perfectamente, he comido y cenado muchas veces aquí; tiene dos plantas, sótano y buhardilla y tenía que ser cauteloso, la primera estancia estaba a la vista, la cocina.
Muy despacio, me aproximé al cerco de la puerta, me detuve y me puse de espaldas a la pared preparándome a irrumpir en ella apuntando con mi arma, respiré hondo unos instantes, rápidamente me precipité hacia el interior blandiendo mi revolver apuntando de un lado a otro, la cocina estaba despejada. Mi corazón latía rápidamente, notaba los golpes en mi pecho, salí de ella y seguí explorando, seguí caminando muy despacio, por el largo pasillo, sin hacer ruido.
Otra estancia se hallaba frente a mí, a la derecha, el despacho de Tom, oí ruidos en su interior, me paré justo a la entrada, al borde de la puerta, me asomé con cautela y vi un tipo alto de complexión fuerte que estaba escudriñando entre los cajones del escritorio, me daba la espalda, entré muy despacio en la habitación, en ese instante el individuo no se movía, revisaba unos documentos; sigilosamente me guardé el revolver en la cartuchera, me aproximé a él lentamente, el seguía dándome la espalda, con mucha delicadeza saqué un sedal que llevo habitualmente en el bolsillo, con un ágil movimiento se lo puse alrededor del cuello y apreté con fuerza, en mi cabeza solo había rabia contenida, ahora estallaba, me dolía, la furia me invadía.
Mis ojos estaban fuertemente cerrados, notaba como las manos del sujeto forcejeaban intentando apartar el sedal de su cuello, incluso golpeaba desesperadamente mis costados con sus codos para liberarse, aunque sin éxito. Poco a poco sus movimientos se hicieron más lentos, más torpes, todo transcurrió en menos de un minuto, su cuerpo quedo inmóvil y dejo de jadear, ya no respiraba.
Sin darme cuenta apenas, había acabado con la vida de aquel individuo al que no conocía de nada, pero que estaba seguro de que no era de fiar, despacio, lo dejé en el suelo, fui una sombra de muerte, sigiloso, furtivo, letal.
Pero aún no sabía nada de Tom y su familia y lo más curioso, es que no se oía nada, en la casa reinaba un extraño silencio; seguí caminando por el pasillo, la siguiente estancia es el comedor. Lentamente, me dirigí a la puerta de la estancia, pero me detuve antes de llegar, estaba justo en el borde del cerco de la puerta, en ese instante oí gemidos, parecía Evelyn, la mujer de Tom, que lloraba, me asomé con cuidado y pude ver a Tom tendido en el suelo y a Evelyn de rodillas a su lado, no pude ver nada más, tendría que pasar dentro del comedor, para ver el resto.
Me di cuenta de que en la línea de mi vista, los cristales ahumados del mueble del salón, me aportaban la información que desde donde me encontraba no llegaba a ver, en el reflejo de aquellos cristales, pude distinguir, que Jack Jones se protegía con Alison sujetándola de un brazo y le ponía el cañón de una pistola en la sien, la niña estaba deshecha, llorando, temblaba entre sus sucias manos, mientras el cerdo de Jack sonreía. Sí, creo que ésta era su oportunidad, la que había estado buscando, era su jugada, su póker de ases, su cobarde venganza; y yo estaba allí, y aunque Jack no me había visto, yo tenía que actuar.
Con paso firme y sin dejar de apuntar de frente con mi revolver, pasé al comedor y me puse en la puerta frente a Jack apuntándole a la cabeza, Evelyn me miró y rompió a llorar desconsolada, --¡Jack!, ¡suéltala ahora mismo!-- le dije mirándole fijamente a los ojos, en ese instante, pude contemplar toda la escena, Tom estaba tendido en el suelo sobre un charco de sangre, tenía un orificio de bala en el hombro, no sabía si estaba vivo o muerto, Evelyn destrozada, arrodillada a su lado, llorando y la pobre Alison en manos del más buscado, temido, escurridizo y cruel asesino que me había echado a la cara en toda mi carrera policial.
--¡Te estaba esperando Frank!,-- me dijo Jack mirándome fríamente al mismo tiempo que llamaba a voces a su compinche --¡Max!, ¡ven rápido al comedor!,-- yo me mantuve callado y le dejé hablar, --¡Se lo estaba diciendo ahora mismo a tu querido amigo Tom!, ¡le dije que quería participar en la fiesta!, pero no me habéis invitado ¡y le he traído un regalo a Alison!.--
Ahora entendía lo del regalo, yo seguía apuntándole con mi revolver, mientras él continuaba hablando.
--¡Ella siempre me gustó!,-- dijo, volviendo la cabeza hacia Alison, mirándola con lujuria, --¡tan bella, joven y bonita!, ¡su alegre risa!, la he estado observando tantas veces al salir de la escuela, tantas veces la he seguido, que casi me pertenece... ¡quiero que sea mía!, ¡sólo para mi! y sabía que hoy era su cumpleaños, el cumpleaños de mi chiquilla y le traía bombones, pero Tom, se precipitó y ¡mira!, ¡mira lo que ha pasado!, ¡lo ha estropeado todo!, ¡ahora tengo que mataros a todos y llevarme a Alison!-- respondió Jack, con una sardónica sonrisa dibujada en la cara.
--¡Estás como una cabra Jack!, ¡eres un cerdo!, ¡y estás para encerrar!, ¡deja a la niña antes de que te vuele la tapa de los sesos y los esparrame por toda la casa!,-- le dije mordiéndome de ira por las desquiciadas palabras que acababa de escuchar, pero luego me di cuenta que tenía que calmarme, actuar con cautela, era preferible negociar, la vida de Alison estaba en juego, así que volví a advertirle en un tono más moderado, --¡Jack!, ¡recapacita!, ¡no cometas una locura!, ¡déjala y no te pasará nada!, ¡te lo prometo!-- le dije para disuadirle de sus intenciones, pero estaba convencido de que no sería tan fácil, --¡vaya!, parece que ahora os tengo pillados ¿eh?,-- volvió a llamar a Max con más insistencia y siguió hablando --estoy hasta las narices de vosotros, siempre haciéndome la vida imposible, pero ahora ha llegado el momento, ¡mi momento!...-- al decir esto, el gesto de su cara se transformó y la sonrisa sarcástica desapareció para dar paso a una mueca de tarado, de loco de atar, con la mirada perdida de un esquizofrénico sádico a punto de darle un ataque, agarrando a la niña del cuello y restregando su asquerosa cara con la de ella; incluso llegó a besarla en una mejilla, la niña gritaba asqueada. Yo miraba a Alison a los ojos, le insinuaba gestos con la intención de que me echara una mano aprovechando los desvaríos de Jack, que parecía estar ausente mientras blasfemaba, pero tenía que ser cauto, Jack podría darse cuenta y las consecuencias serían fatales. --¡Suéltala Jack!, ¡se me está acabando la paciencia!,-- exclamé y realmente no le engañaba, la verdad es que estaba cansado de soportar tanta presión y mi reacción podía ser imprevisible --¡cállate!, ¡yo sí que estoy cansado y os voy a matar a todos!, ¡me voy a llevar a la niña!, ¡esta niña ya es mía!, ¡estoy harto de vosotros!,-- mientras decía esto, retorcía la pistola en la sien de Alison, que lloraba desesperada.
A mí se me partía el corazón de verla sufrir y me aterraba la idea de que se le pudiera disparar accidentalmente el arma, no obstante, mi revolver seguía apuntando firmemente a su cabeza que se ocultaba tras la de la muchacha, eso me frenaba, no podía arriesgarme a disparar.
Nuevamente, hice un gesto a Alison, con la mala suerte de que Jack me descubrió y me apuntó con su arma, ¡iba a dispararme!, pero Alison me entendió y reaccionó bajando rápidamente su cabeza dándome la oportunidad de apretar el gatillo de mi calibre 38... justo antes de hacerlo, le dije --¡por cierto Jack!, Max, ¡está muerto! --
Tras decir esto, en un segundo, Jack me disparó, yo me aparté rápido y sin dejar de apuntarle también disparé, lo hicimos casi a la vez, el doble estampido se oyó en toda la manzana. La bala que yo disparé, entró por su ojo derecho, dejando una enorme mancha de sangre salpicada en la pared justo detrás de él y un segundo después, Jack se desplomaba en el suelo como un saco de cemento, en ese instante, Alison, corrió hacia su madre abrazándola, ambas lloraban desconsoladas, me quedé unos segundos inmóvil, sin reaccionar, me toqué la mejilla y vi mis dedos manchados de sangre, la bala de Jack me había rozado la cara, afortunadamente tuve los reflejos suficientes para esquivarla, esa bala, llevaba escrito mi nombre.
Había sido muy duro, al momento, reaccioné y examiné rápidamente a Tom, le puse los dedos en el cuello para comprobar si latía su corazón, aún respiraba, efectivamente, ¡estaba vivo!, pero inconsciente.
Tom había perdido mucha sangre, tranquilicé a Evelyn y desde el teléfono de la casa llamé a la comisaría pidiendo urgentemente una ambulancia y una patrulla para el atestado. Al día siguiente presenté el informe al capitán Jackson y nos felicitaron e hicieron una mención pública por el tiempo que llevábamos con el asunto, en ese instante, salí de la comisaría y me dirigí de inmediato a darle la buena noticia a Tom, que se encontraba con Evelyn y Alison en el hospital.
Sí, lo recuerdo muy bien y no creo que lo olvide nunca, desde aquel 15 de enero de 1946, todos hemos vuelto a nacer, igual que Alison, así fue su día de cumpleaños.
Autor: Ángel Núñez Rioja
A continuación, otro relato...
Tras un duro día de trabajo, Laura tiene que volver a casa, y para ello, ha de tomar un tren.
Para ella esto es algo normal y habitual, pero... ¿está segura de que es el tren adecuado?... quizá, no debería tomar ese tren.
EL TREN
"Cuando la mente está completamente silenciosa... lo desconocido, lo inconmensurable, puede revelarse."
Jiddu Krishnamurti
Laura, desciende como de costumbre por la escalera mecánica que llega hasta el pasillo en cuyo final se halla el andén donde llegará su tren. Según baja, mira con cierto desdén cómo los escalones metálicos se ocultan bajo las oscuras baldosas; vuelve del trabajo, ha sido un día duro.
Ya sentada en el sillón, observa por la ventanilla las veloces luces de los coches y farolas que el tren va dejando atrás; el viaje es reconfortante, se encuentra relajada y tranquila.
Para ella, la suave vibración y el vaivén, es como un bálsamo; regresa a casa, pero... no sospecha que algo inquietante está a punto de suceder.
Es tarde y han anunciado por los altavoces que después de éste viaje el tren irá a cocheras; sólo un viajero acompaña a Laura en el vagón, viste pantalón vaquero y cazadora negra de piel, está sentado en el otro extremo.
El tren hará una parada más antes de salir de la ciudad, ya después, todo es recorrido sin paradas, un buen trayecto.
El chirriar de los frenos y el olor a hierro caliente, anuncia la proximidad de la siguiente estación. El tren se detiene y las puertas se abren, Laura mira al otro viajero, cuando éste se levanta de repente y corre para salir, parece que se había quedado dormido, casi se pasa de estación; las puertas se mantienen abiertas unos diez segundos, después, suena el sordo tono del silbato y se cierran de golpe, no ha entrado nadie, el tren, comienza a moverse.
Laura, está sola en el vagón, da la impresión de que es la única viajera de todo el tren.
Del bolso, saca un libro electrónico para refugiarse en la lectura, aún queda bastante por recorrer.
El tren viaja veloz, parece que nunca va a detenerse; por la ventanilla, cada vez se ven más árboles y menos coches, ya sale de la ciudad.
Pronto llegará al túnel que atraviesa la montaña, un túnel largo, donde casi siempre se va la luz.
En ese túnel, se producen violentas descargas eléctricas en la catenaria, dejando el tren sin energía obligándolo a detenerse, quedándose a oscuras durante unos segundos, a veces minutos.
Siempre, desde niña, había escuchado las historias y fábulas que continuamente se contaban sobre aquella montaña, sobre aquel túnel; historias increíbles y estremecedoras, que según quien las narraba, eran más o menos creíbles, pero sus hechos... helaban la sangre.
Pero Laura es un poco escéptica y no se deja influenciar por aquellos chismes que no conducen a ningún sitio, lleva cogiendo este tren años, y nunca ha sucedido nada.
Sólo faltan unos tres kilómetros para llegar al túnel y el tren apenas ha reducido la velocidad, a Laura le cuesta fijar la atención en el libro, no puede concentrarse en la lectura.
A pesar de ser un trayecto que hace habitualmente, nunca se ha encontrado en la situación de quedarse sola en un vagón de tren en este tramo, es la primera vez que le ocurre; de hecho, llegado el momento de detenerse el tren y quedarse a oscuras, siempre reconforta tener a alguien al lado y desahogarse haciendo algún comentario al respecto.
Al mirar por la ventanilla, la luz de la luna, deja ver un paisaje de claros y sombras, en el que una gama completa de grises conforma la abrupta geografía del lugar, sólo se distinguen vagamente árboles, algunos puntos de luz lejanos y un cielo negro cuajado de estrellas.
La pronunciada y abierta curva a la izquierda, permite a Laura distinguir la punta del tren y la negra boca del túnel por el que va a introducirse.
La locomotora ya se ha ocultado y la inmensa boca, va engullendo el resto hasta llegar al vagón donde se encuentra Laura.
El sonido del tren cambia por completo, ahora es más fuerte y estrepitoso, Laura guarda el libro en el bolso, ya no le interesa la lectura, observa con inquietud el techo, como esperando el parpadeo de las luces que precede al apagón, pero aún hay luz en el tren. A pesar de no creer en las habladurías, siente un nudo en la garganta y mira con impaciencia por la ventanilla, esperando ver el reflejo de la salida del agobiante e interminable túnel.
De repente un chispazo y ruido de descargas eléctricas en el techo, hacen que el tren se quede a oscuras, sigue caminando pero el motor se ha detenido.
La inercia hace que continúe rodando, pero poco a poco va perdiendo velocidad, cada vez va más despacio y después de un indeterminado recorrido, un corto frenazo detiene el tren hasta pararse.
Todo es oscuridad, nada se oye, nada se ve; la negrura lo inunda todo. Si se hubiera detenido fuera del túnel, se vería, habría claridad emitida por la luna y el interior del vagón no resultaría tan espantosamente angustioso, pero... no ha sido así.
Laura se está desesperando, el apagón dura ya más de un minuto, el silencio es sepulcral; la respiración de Laura comienza a acelerarse, tiene el bolso cogido con las dos manos fuertemente hacia el estómago. Está como pegada al sillón, sin poder moverse, sólo quiere que todo, acabe cuanto antes.
En ese momento recuerda lo que ha leído en algún libro, adopta alguna estrategia para distraerse, cierra los ojos y se concentra en lo que ve teniéndolos cerrados, distingue formas irregulares, sombras, puntos y reflejos deformes que en algún momento le parecen de color morado; intenta controlar su miedo, intenta imaginar formas y colores, escenas vividas.
Sin abrir los ojos sigue viendo objetos, caras y reflejos, se ha construido un paisaje imaginario con luz y formas.
Es difícil imaginarlo de día, estando sumida en un mundo de oscuridad. Las caras aparecen a golpe de flash, son como algo que aparece y desaparece súbitamente.
De repente, oye un ruido a su derecha, pero ella sigue impertérrita, inmóvil; nota como algo le toca una mano y un escalofrío estremecedor recorre su espalda.
No sabe qué pensar, ahora comprende el sentido de aquellos comentarios de viejas; --¡seguro que no seré la única persona a quien le ha pasado esto!-- piensa Laura para consolarse.
Pasa el tercer minuto en esta asfixiante y perturbadora situación y Laura se repite una y otra vez...--¡ten valor!, ¡esto acabará pronto!, ¡ten valor!, ¡esto acabará pronto!-- y sigue repitiéndoselo sin parar.
Los segundos pasan y Laura sigue quieta, con los ojos cerrados, mirando de frente, no se atreve a moverse, pero poco a poco su fortaleza flaquea, un estremecimiento la invade, una sensación de pánico se apodera de ella, aun así sigue intentando crear un mundo imaginario para entretener su mente.
Un sudor frio empapa su frente, no puede soportarlo más y abre los ojos. A pesar de haberlos abierto, el paisaje no cambia mucho, la oscuridad reina y a pesar de esa negrura absoluta que la envuelve Laura, intenta ver alguna imagen, necesita ver algo, recuperar la visión; quiere huir de este agujero negro que la ha engullido, mueve los ojos de izquierda a derecha mirando a lo largo del vagón pero todo sigue igual, lo hace una y otra vez hasta que de repente, algo estremecedor aparece, es algo inexplicable y espeluznante.
Una silueta con forma humana se distingue en el otro extremo del vagón, sentada en el mismo asiento que hace ya un rato ocupó el único acompañante que Laura tuvo antes de quedarse completamente sola.
La desconcertante silueta destaca en la oscuridad, es como reflectante, está rodeada por un halo brillante, la visión es a la vez fascinante y aterradora. Laura sigue mirándola, no puede dar crédito a lo que ve, es algo luminoso en medio del oscuro vacío, Laura y la silueta suspendidos en medio de la nada, pero no puede apartar sus ojos de ella, está como hipnotizada...
De repente, la silueta se incorpora, se pone en pie y comienza a caminar en dirección a Laura que está completamente helada de miedo, un temblor la invade, quiere gritar, pero no le sale la voz, es como si se hubiera convertido en una estatua de piedra.
La silueta avanza por el vagón muy despacio, como arrastrando los pies, hasta que llega a su altura y se detiene justo frente a ella.
Laura apenas respira, ha perdido el control de su cuerpo que no para de temblar, de tiritar; el pánico se ha apoderado de ella, pero no deja de mirar el espectro que tiene delante, un alma en pena que deambula errante por el vagón o por el tren y que aparece cuando queda prisionero bajo la montaña.
Pasa otro interminable minuto y la silueta se mantiene inmóvil, de pie frente a Laura, después, lentamente se sienta frente a ella, Laura lo tiene justo delante.
El fino oído de Laura, percibe cómo alguien respira, es una respiración larga y pausada, ¿será el ente, esa cosa que está allí sentada frente a ella, quien respira?, Laura cierra los ojos para deshacerse de esa aparición, pero aún con los ojos cerrados sigue viéndolo, la luminosidad la ha deslumbrado, ya no sabe si tiene los ojos abiertos o cerrados, sigue viendo la misma figura, de una forma y de otra.
Con esfuerzo se lleva las manos a los ojos y se los frota con la intención de aclararlos, pero la imagen no se desvanece, ¡sigue ahí!
La respiración, cada vez suena más fuerte y perturbadora y el fantasma sigue frente a ella, en este tren de negra penumbra.
Súbitamente, escucha su nombre, en la oscuridad, ¡alguien pronuncia su nombre!, ¡alguien la llama!...
--¡Laura!, ¡Laura!, ¡Laura!,... está completamente bloqueada, contiene un grito de pánico, y en un momento dado, el grito sale de su garganta, un grito desgarrador en medio de toda esa negrura... gritando, se levanta de golpe y abre de nuevo sus ojos...
--¡Laura!, ¡Laura!, ¡tranquilízate, cariño!, ¡por favor, tranquilízate!, ¡sólo ha sido un sueño!, ¡cálmate!--.
Laura se incorpora de golpe y empapada en sudor se sienta sobre su cama, con sus manos se tapa la cara y exhala un gemido desesperado, su marido la consuela y dándole un vaso de agua logra tranquilizarla. Laura ha tenido una horrible pesadilla, pero ya todo ha pasado, todo ha sido un mal sueño. Anoche llegó muy cansada, cenó y pronto se acostó; enseguida concilió el sueño, un profundo sueño, que se convirtió en pesadilla.
A veces, la mente nos juega malas pasadas y lo que percibimos no es la realidad, nos vemos inmersos en un espejismo que nos atrapa, que nos hipnotiza y nos envuelve, quedamos a merced de caer en un laberinto de confusión, de encontrarnos impotentes y vulnerables, pero tenemos que ser capaces de distinguir entre los sueños y lo real y aunque en ocasiones pueden parecerse, siempre hay algo que los define.
Lo importante, es saberlos diferenciar, distinguir ese pequeño matiz que los hace distintos y no quedarse atrapado en el limbo que existe entre ambos, esa zona muerta que los separa y que no es ni de vivos ni de muertos, pero que reside dentro de nuestra mente y que puede conducirte a la felicidad o a la desesperación, la clave está en saber qué camino debes elegir.
Autor: Ángel Núñez Rioja
Un relato más...
A veces, no hace falta que nadie nos juzgue por nuestros actos, el mayor testigo y el peor juez, es nuestra conciencia.
EL SUEÑO DE ERNEST

Margaret y Ernest, hermanos de sangre, después de enterrar a su madre discutían sobre el testamento.
--¡Lo siento!, ¡pero tendrás que aceptar el testamento de madre tal y como ha sido redactado!,-- dijo Ernest a su hermana Margaret visiblemente contrariada.
--¡Está claro, que la has manipulado!, ¡siempre estuviste en su contra!, ¡estabas deseando que se muriera!, ¡eres detestable! -- responde Margaret.
--¡No sé de qué hablas!, ¡siempre fuiste tú su preferida!,-- replica Ernest, sonriendo de forma sarcástica y dándole la espalda se marcha, Margaret, se queda mirándole observando cómo se aleja, con lágrimas en los ojos.
Ya en su casa, Ernest cansado, se quita la ropa, se da una ducha y relajado, se pone una copa. Después, de un cajón de un mueble, saca un maletín, de él, extrae un ordenador portátil, lo enciende y abre la página web de un banco, introduce el nombre de la cuenta de usuario y la clave de la contraseña de su difunta madre...aparecen las cifras.
Ernest, tiene la mirada fija en los números, su semblante cambia, sus ojos se entornan y esboza una leve sonrisa. Sin apartar la mirada de la pantalla, apura el licor de su copa y apaga el ordenador.
Después, con aire satisfecho, se dirige al dormitorio, su intención es acostarse, pero antes, abre el armario y prepara la ropa para el día siguiente, elige una camisa azul, que cree ideal para el evento que tiene por la mañana, al banco hay que ir elegante, pero, observando detenidamente la camisa, comprueba que le falta un botón.
Con cierta pereza, saca una caja de costura del primer cajón del mueble que tiene al lado del armario y la deposita sobre la cama, a continuación, se sienta en ella y después de buscar dentro de una bolsa de botones el más parecido, toma la camisa y se dispone a coserlo.
Al finalizar, la hebra de hilo es demasiado larga y con unas tijeras corta el hilo sobrante. Después, cuelga la camisa en el galán de noche y pone los utensilios de costura sobre la mesilla. Al poco rato se acuesta, es muy tarde y el sueño le vence, apaga la luz y cierra sus ojos.
Al poco rato, un ruido se oye en la habitación, Ernest, no le da importancia, es un sonido leve, en la oscuridad, los muebles añosos crujen y hacen ruidos extraños y misteriosos, es completamente normal. Pero transcurren unos minutos y el ruido vuelve a aparecer y ahora no cesa, sino que aumenta de intensidad.
Poco a poco, el leve rumor se convierte en algo inquietante, Ernest, se desconcierta y abre los ojos sin encender la luz. Todo está oscuro, formas grises y sombrías se adueñan de la estancia, únicamente el reflejo blanquecino azulado de la luna llena, hace que la cruceta de la ventana se proyecte deforme en el techo, dando un aspecto tétrico a la habitación.
Sin levantarse, mira hacia sus pies, al fondo de la estancia y distingue una silueta con forma humana envuelta en un camisón blanco que parece levitar.
Un espantoso escalofrío sacude su cuerpo, la sombra estática sobre el suelo, avanza hacia él como si estuviera suspendida en el aire, sus ropas y cabellos se mueven lentamente, es una forma espectral.
Ernest, experimenta una sequedad y amargor en la lengua por los nervios y desesperado se sienta sobre la cama, e intenta denodadamente encender la luz de la mesilla, pero no lo consigue.
El resplandor de la luna desvela la cara de la misteriosa sombra y queda atónito cuando se percata de que la estremecedora silueta, tiene la cara cadavérica de su difunta madre, fallecida horas antes.
El espectro, parece levantar los brazos hacia él, que despavorido y con movimientos descontrolados por los nervios, se afana desesperadamente en un nuevo intento de encender la luz de la lámpara de la mesilla.
En su loco manotear en la oscuridad, por encontrar el dichoso interruptor, algo punzante se clava accidentalmente en su muñeca y un profundo corte secciona sus venas. Un líquido cálido y espeso se desborda a borbotones por el brazo de Ernest, mojándolo todo.
En su desesperación, cae en la cuenta de que las tijeras que había dejado anteriormente sobre la mesilla, son las que ahora tiene clavadas en su muñeca.
Los nervios le paralizan, la sombra sigue a los pies de la cama, indemne, observando, al acecho.
Los ojos de Ernest, siguen clavados en los del espectro, fijos, en unos mortecinos ojos pálidos y secos, como de muñeca de cartón, mirándola fijamente sin poder apartarlos.
En la cara espectral del fantasma flotante, se esboza una terrorífica sonrisa.
Un frio gélido, penetra por las extremidades de Ernest y rendido y débil, se tiende en el lecho muy despacio, mientras las fuerzas lo abandonan.
Apenas puede respirar y poco a poco, queda dormido, tendido sobre su cama, su brazo cuelga hacia afuera, las tijeras brillan clavadas en él, la vida se le escapa goteando incesantemente por sus dedos y un enorme charco de sangre se extiende en el suelo y en las blancas sabanas. El sueño de Ernest, es para siempre.
En ese instante, la misteriosa sombra etérea se desvanece lentamente hasta desaparecer, los primeros reflejos del nuevo día van penetrando tímidos por la ventana y silenciosamente todo... vuelve a la normalidad.
En muchas ocasiones, nos pensamos que algunas injusticias quedan impunes y en numerosos casos, muchas deudas se quedan sin saldar, pero hay ocasiones en las que no son los humanos los encargados de saldar ciertas deudas, sino el propio destino, un destino incierto y estremecedor, que se encarga de hacer justicia y que pone a cada uno en el lugar que le corresponde... y en este caso, parece que se ha hecho justicia, la deuda, ha sido saldada.
Autor: Ángel Núñez Rioja
Un último relato...
Morir en batalla... el honor de un rey.
LA ÚLTIMA ORACIÓN DE LEÓNIDAS
Aquella noche, en un cielo despejado cuajado de estrellas, la luna llena estaba ya en lo alto, su luz blanca, teñía de tonos grises claros y luminosos las grandes extensiones de campos de trigo que rodeaban la polis espartana y se respiraba un ambiente de fiesta entre sus gentes. Por todas sus calles, los soldados, reían y festejaban, celebrando ansiosos entrar en batalla con las luces del alba. Soldados instruidos para luchar defendiendo a muerte a su hermano de falange, guerreros entrenados y acostumbrados desde niños a soportar el dolor, el hambre y las calamidades.
Hombres invencibles, que no conocen el miedo, curtidos y adiestrados desde muy jóvenes en las nobles artes militares con el dogma de defender su ciudad y sus gentes a muerte, inculcado y grabado a fuego en lo más hondo de su ser, todo honor y orgullo simplemente por pertenecer a una casta de luchadores que llevan muy alto un estandarte con un nombre grabado con sangre… Esparta.
Una raza de soldados de élite, que no desean morir en la batalla, pero que si han de hacerlo lo harán sin dudar, derramando hasta la última gota de su sangre, lucharán hasta las últimas consecuencias y para ellos el "dory" y el "hoplon", pertrechos inseparables, cuyos metales bruñidos y cuidados con el esmero que requieren las armas de defensa en la lucha cuerpo a cuerpo, para estar a punto en el momento del combate codo con codo, serán sus mejores aliados, que empuñarán con mano firme y diestra, eligiendo implacables sus víctimas, pisando la tierra, mascando el polvo, rechinando los dientes.
En ese instante, no hay dialogo, no existe la palabra, solo el grito desgarrador, el gemido de dolor, la respiración agitada y la angustia del metal hundiéndose en la carne. Pero esta imagen, ahora no es real, en este instante les embriaga la fiesta y las mieles del deseo de empuñarlos, esta imagen, es sólo el espejismo de algo que se avecina, que se aproxima inexorable, que se acerca para quedarse y arrastrar consigo vidas humanas, pero a ellos, en este instante, ni siquiera se les pasa por la cabeza.
La noche avanza en un ambiente festivo, con normalidad, pero destaca un soldado, que parece estar rodeado por todos, un hombre de más de cincuenta años y una inmejorable forma física al que todos profesan un devocional respeto. Se trata del rey de Esparta, Leónidas I, que ríe y disfruta como todos los demás, aunque en el fondo es consciente de que el enemigo no tendrá piedad, pero una voz en su interior le dice, "nosotros tampoco", el enemigo no tendrá clemencia y la voz le repite, "nosotros tampoco" y que por muchos enemigos que sean y aunque los demonios de Hades les acompañen, nuestras lanzas y escudos no entienden de misericordia ni de compasión y atravesarán sin piedad las entrañas y los corazones de todo soldado invasor, que ose arrebatarnos nuestro bien más preciado, la vida.
No obstante, teniendo en cuenta la fiereza que destilan sus fieles hoplitas y el fervor por alcanzar la gloria, si murieran, volverían sobre su escudo al hogar, pues sus valerosas mujeres les dicen antes de partir al campo de batalla: "vuelve con tu escudo, o sobre él"; ya que, para un espartano, el mayor honor es morir en combate.
Las horas pasan y a pesar de ser un pueblo que lleva la lucha y el pundonor hasta la médula, el rey espartano intuye que el sol del día siguiente se empañará con la sangre de sus hombres, que los pájaros ese día no cantarán para deleitarlos con sus trinos, que el aire que respiren, será un aire corrompido por el olor nauseabundo de las vísceras esparcidas por el suelo; por todo ello, deja a sus soldados que continúen con sus alegrías y regocijos y se retira para reflexionar.
--¿Ya os retiráis, mi rey?, ¡bebed una última copa de vino con nosotros, mi señor! –
--¡No Astinos!, ¡os doy las gracias!, ¡pero prefiero estar despejado y fresco, a la hora del combate! – respondió Leónidas a su lugarteniente.
Astinos, hizo una breve reverencia y lentamente, el rey, con la parsimonia y solemnidad que exige su rango, se aleja de sus huestes, monta en su caballo y se dirige sumiso al templo donde aguarda la Pitia. Acude a postrarse de rodillas ante una sabia mujer, quiere encomendarse a la sacerdotisa venerada por todos y después de inclinarse a sus pies, eleva la mirada hacia la joven virgen e invoca con humildad la siguiente oración:
"En esta noche aciaga, me postro ante la Pitia del oráculo de Delfos, para implorar a los dioses que iluminen mi camino, que los hados nos sean favorables, que no flaqueen las fuerzas de mis hoplitas y que, con nuestros escudos y nuestras lanzas, seamos una falange unida de terror y muerte.
Mañana, se ocultará el sol que ilumina los mares de la Hélade, una nube de flechas apagará su luz y la ira de Ares, caerá sobre el campo de batalla, arrasando todo vestigio de vida.
Estoy dispuesto a morir, a poner mi alma a los pies de Zeus, ¡por los dioses que lucharé!, ¡lucharé hasta la muerte!
Se cubrirán los campos de muertos, que darán su sangre por defender su pueblo, por defender su hogar, a sus mujeres, nuestras costumbres.
La sangre derramada será el precio que habremos de pagar para que nos recuerde la historia, nuestra gesta será cantada por Heródoto, Jenofonte y otros historiadores a través de los siglos y saldrá de nuestras fronteras para mostrar al mundo la grandeza de Esparta.
Solo quiero ponerme en paz con los dioses, ser digno de mi padre Anaxandridas, rey de los Agiadas y si caigo en la batalla, morir con el honor suficiente para honrarle y reunirme con él, sentándome a su lado para reinar en el Olimpo.
A ti Gorgo, hija de Cleómenes, razón de mi existencia, amor de mi vida, te dedico éste mi último pensamiento, para implorarte que no llores por mí, hija de reyes, el honor y el orgullo de tu estirpe engrandece mi nobleza, mantén la cabeza bien alta, que no caiga una lágrima por tu rostro, pues mañana es un gran día, mañana… ¡me espera la gloria!
Autor: Ángel Núñez Rioja




